La vida que no vivimos

No se en qué momento exacto tomé conciencia de que había algo inquietante en aquella central hidroeléctrica abandonada. Sin embargo, siempre había generado una fuerte fascinación sobre mí. Durante los años cincuenta, los empleados de la misma vivían en un conjunto de casas anexas que la empresa proporcionaba a sus trabajadores. Siempre me he imaginado cómo sería la vida allí, especialmente en una casa blanca que destaca sobre las demás. Tengo recuerdos en ella que no he vivido y sin embargo no puedo dejar de sentir que pertenezco allí de alguna manera. Seguramente no sabéis lo que quiero decir, pero sé que algo irracional me ata a ella. 

 

Es curioso cómo suena el silencio. La gente del pueblo más cercano a menudo pasea por allí en las tardes de verano sin percibir nada extraño. Yo en cambio escucho ese profundo y fuerte silencio que lo empapa todo. Oigo la ausencia de los niños que vivían allí: son seis hermanos, así que siempre hay bullicio porque siempre hacen carreras para subir al último piso. De hecho, lo que más me llama la atención es la buhardilla, porque hay una pequeña estancia llena de aves que aletean por toda la habitación. ¿No lo percibís? Han ido acumulando pájaros silvestres que atrapan en el campo y que luego venden con el fin de ahorrar para comprarse un balón de fútbol. También puedo ver a una mujer en la cocina. Mejor dicho, las piernas de una mujer con un delantal. La luz entra por la ventana posándose en sus pantorrillas mientras no puedo ver más allá de sus caderas. Es como si fuese un recuerdo que tuviese de niña y no dejo de pensar que tiene una parte de verdad. Podría hacer un listado tan pormenorizado de todas las imágenes que vienen a mi cabeza cuando pienso en dicho lugar que hasta podría configurarme otra infancia diferente a la que he vivido. Me pregunto, aún con todo, si no estoy más marcada por todos esos recuerdos inexplicables que por la realidad en sí misma.

 

El otro día volví a pasar por allí como si el lugar me llamase de forma irremediable. Encontré un teléfono abandonado y un listín telefónico que se deshacía a la intemperie. Caminé un rato por los alrededores donde la vegetación tenía también una presencia propia. Es como si pudieses encontrar una cierta armonía en el paso del tiempo, como si la casa se deshiciera lentamente mientras los árboles siguen ahí, testigos de unas vidas que se desvanecen. Decidí adentrarme más en la maleza alejándome poco a poco del edificio. De repente paré en seco. Aquel teléfono que no estaba conectado a ninguna parte estaba sonando.