Saludos a Duchamp

Algo tienen los objetos que nos arrastran las mañanas de un domingo a pisar la calle. Recorrer El Rastro de Madrid lleva implícito tomarse tiempo para mirar, observar, reír, tomar unas cañas...y sobretodo buscar. Buscamos entre los objetos, igual que en nosotros mismos, una señal que nos indique que hay algo verdaderamente especial entre lo cotidiano. Buscamos enamorarnos de ese objeto, de ese artículo único creado a nuestra medida... de algo que posea el verdadero encanto.

 

Como tantos otros me dirijo a la Latina: no puedo ser una excepción a la regla. Al llegar a la boca de metro veo gente esperando y no puedo evitar fijarme en ellos. ¿A quién aguardan? ¿Su cita llega tarde o ellos demasiado pronto? Siempre observo su cara; me gusta pensar que no voy a encontrar esta vez una mirada perdida como la que habita en los vagones de metro.

 

Después me adentro en la marabunta. Aguanto muy poquito en las calles más transitadas y juego a perderme por la parte más tranquila (aquella poblada de anticuarios que descansan cachivaches inverosímiles en las aceras). Me llama la atención la cantidad de gente que pasea orgullosa extravagantes mascotas como símbolo de modernidad y sospecho que algunas personas han hecho de ello un modo de vida. 

 

Y por fin... mi encuentro con lo extraordinario: reproducciones del Greco entre banderillas y bolsos, marcos vacíos para que imagine sus lienzos inexistentes, pictóricas mujeres reclamando ser observadas, un crucifijo dentro de una jarra de sangría...¿Son conscientes los anticuarios de estas rocambolescas combinaciones? Mi recomendación es que os dejéis caer por ahí una mañana de domingo y juguéis a encontrar lo maravilloso. Ah!!!! Y saludad a Duchamp de mi parte... porque será imposible que no terminéis chocando con él.